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sábado, 7 de noviembre de 2015

DILBER

Era 7 de noviembre del 2014. Aún no cumplía 20 y discutía con mis papás, mientras sonó el teléfono.
Llamaban a mi papá diciendo que mi abuelito Edilberto había tenido un paro en el estacionamiento, que lo habían llevado de emergencia. Nos sorprendimos, pero teníamos la esperanza de que se recuperaría porque era de esos señores que a sus 70 y tantos parecían de 50.
Era el viejo de mi papá, era un hombre bonachón, alegre, y cariñoso con sus nietos. Conversador y mejor amigo de sus hijos, siempre decía que estaba orgulloso de ellos. Era el apoyo incondicional de todos.
Amante del mar. Recuerdo que de niños nos llevaba a la playa con su grúa, nos paseaba, me sentía la niña más feliz y fuerte, todos eran hombres, creo que por eso soy un poco menos femenina, pero así está bien.
Siempre me dolió no poder vivir cerca de él, aunque sólo nos separaban menos de 3 horas. Tal vez me dolía por no sentir diariamente esa alegría y vibra tan increíble que tenía cada vez que iba a verlo, por el increíble ají de pato que le decía  a mi abue Raque que prepare de almuerzo cuando llegábamos a casa, por cada oportunidad que venía a mi casa y tenía esa risa que contagiaba a todos en la mesa, o ese periódico que siempre llevaba a sus manos cada mañana, lo leía completo, luego se daba sus cabeceadas, esas en que sus hijos y nietos aprovechaban en molestarlo un poco y poder hacerlo reír cuando despertaba.
Era amoroso con su compañera de toda la vida, la amaba, más que eso era su mejor amiga.
Eran diferentes pero a la vez su unión era tan fuerte que cuando él estaba en su cajón, nadie vio lo que yo vi. Una imagen que hasta ahora me saca lágrimas y que la veo como el claro ejemplo de un amor de años, un amor antiguo que todos queremos algún día, esos de los que no quieres que te dejen, pero que cuando llega a pasar, el corazón se va en una lágrima y sabes que no vas a poder a amar igual nunca más.
Nos fuimos a dormir, preocupados pero esperanzados.
Ya era 8 de noviembre.
Mi papá viajó casi de madrugada para verlo, hasta que apróximadamente a las 9 de la mañana nos llamaron, él había muerto, se había ido, se fue el viejo nos dijo, se fue.
No lo entendía aún, pero el dolor volvió de nuevo, ese dolor que cuando de niña sentí al perder a mi abuelito Walter. Estábamos en shock, luego vinieron algunos familiares a lamentar nuestra pérdida, a buscar explicaciones sobre lo sucedido, pero no la teníamos, ni nosotros sabíamos porqué un ataque se lo pudo llevar, si pensamos que mejor no podía estar.
Fui a verlo una semana antes con mi hermana y mi papá, él estaba bien. Nos recibió como siempre con esa emoción de ver a su familia reunida. Salimos con la abue y con él, también trabajó ese día. Todo estuvo normal, todo estaba justamente bien. Ni pensar que una semana después ya no viviría más.
Llegamos lo más pronto posible al velorio, mi papá, al cuál nunca lo había visto llorar, nos abrazó a todos nosotros, y sólo dijo con lágrimas en sus ojos y en su voz: ¡Mi viejito, se fue el viejito!!!
No soy la muchacha más católica, ni tampoco creo que alguien guía todos mis pasos en este mundo, pero le rezé. Le dije y le pedí muchas cosas que se cumplieron increíblemente, sólo que algunas no las supe cuidar, y otras aún están aquí conmigo.
Las cosas más bonitas que nos suceden son las que duelen más al perderlos, se irán para no volver, pero ya estoy aprendiendo a que sea así. Soy joven lo sé, pero es increíble como la vida te puede sorprender.
Él era así, de esas personas que dejan marca, que la dejan en su mundo, porque todos nosotros lo éramos, y él supo hacérnoslo saber siempre.
A veces escucho mi medley favorito, lo escucho porque sonaba en mi celular cuando regresaba a casa luego de despedirlo, al sonar me recuerda a él y es una combinación hermosa.
Escribo esto para que lo conozcan, porque su partida hizo que vuelva a apreciar enteramente mi alrededor, no lo digo porque se fue, lo digo porque es verdad, porque desde que se fue nada ha sido igual.

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